​Por Carina Alvarez

​Hay un momento en que el aire de las sierras cordobesas cambia. No es solo el aroma a albahaca o el sonido de los bombos que llegan desde el río; es la sensación de que, una vez más, el Festival Nacional de Folklore se está convirtiendo en el centro del mapa argentino. En esta edición número 66, la mítica Plaza Próspero Molina no solo reafirma su lugar como el templo de la música tradicional, sino que se anima a un diálogo necesario: la unión de los maestros del folklore con las nuevas voces de la música urbana.

​La esencia de siempre con una mirada actual

​Lo que hace diferente a este año es la naturalidad con la que conviven los distintos mundos. Mientras que figuras fundamentales como Los Manseros Santiagueños, Jairo y el Dúo Coplanacu traen el peso de la historia y el aplauso seguro de las plateas, el escenario Atahualpa Yupanqui ha abierto sus puertas a una integración que ya es el gran tema de conversación en las peñas.

​Este año, artistas como Cazzu y el joven Milo J se suman a las "lunas" del festival, no para cambiar el folklore, sino para enriquecerlo. Esta apertura permite que el público sea un reflejo de la Argentina real: chicos con gorras y auriculares sentados junto a abuelos que lucen sus mejores ponchos. Todos están allí por lo mismo: la palabra, el ritmo y esa identidad que solo se encuentra en este rincón de Punilla.

​Soledad y su historia: Uno de los puntos más altos de esta edición es el festejo de los 30 años de Soledad Pastorutti sobre este escenario, recordándonos que ella también fue una joven que trajo aire nuevo a la plaza y terminó convirtiéndose en su gran madrina.

​La pureza de la tradición: Los grandes momentos de emoción siguen viniendo de la mano de artistas como el Chaqueño Palavecino, Jorge Rojas y Peteco Carabajal, quienes demuestran que el folklore tradicional no es un recuerdo, sino una fuerza que sigue moviendo multitudes.

​El origen: Un pueblo que cortó la ruta para cantar

​Para entender la importancia de lo que vemos hoy, hay que viajar a 1961. En aquel entonces, Cosquín era un pueblo que buscaba su lugar. Un grupo de vecinos, preocupados porque el turismo pasaba de largo por la Ruta 38, decidió tomar cartas en el asunto. No esperaron a nadie: cortaron la ruta ellos mismos e improvisaron un escenario.

​Esa decisión valiente fue la semilla de todo. Fue en ese suelo donde Mercedes Sosa cantó por primera vez en 1965, traída por un Jorge Cafrune que no pidió permiso a nadie. Esa esencia de "lugar de los encuentros imposibles" es la que se recupera este año con la inclusión de los géneros urbanos. Al final, Cosquín siempre fue eso: el lugar donde el pueblo decide qué música lo representa.

​Mucho más que un show de televisión

​Periodísticamente, Cosquín se cuenta también en sus márgenes. El festival de este año ha logrado que las actividades fuera de la plaza tengan tanto brillo como el escenario mayor:

​La Feria de Artesanías: Un punto de encuentro obligado donde maestros de todo el país muestran el arte del telar, la plata y el cuero, manteniendo vivas técnicas que tienen siglos.

​Las Peñas y el Río: El verdadero termómetro del festival sigue estando en las peñas, donde la distancia entre el artista y el público se borra entre zambas y chacareras espontáneas que duran hasta que el sol sale por detrás del cerro Pan de Azúcar.

​Cosquín demuestra en esta edición 66 que el folklore no es algo que hay que proteger en una caja de cristal, sino una llama que crece cuando se le echa leña nueva. Entre el grito de los locutores y el silencio de un violín, el festival confirma que sigue siendo el refugio más sagrado de nuestra identidad.